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La ganadería de lidia del Ecuador (Segunda parte)

La semana pasada enfocamos nuestro comentario en los orígenes y establecimiento del toro de lidia en el Ecuador, avanzamos a recapitular el proceso de formación de las ganaderías que nutrieron del toro bravo a los espectáculos que se celebraron hasta la primera mitad del siglo pasado, época en la que se llevaron a cabo procesos serios de reconformación de las vacadas y de calificación de sementales, hasta derivar en las primeras importaciones de contados ejemplares destinados a renovar y fortalecer a importantes divisas locales.

Así las cosas, esos hierros fueron la base de la actividad taurina, lidiando sus productos con desiguales resultados en toda la geografía nacional; sin embargo, el incierto comportamiento de los encierros y la cortedad de las camadas obligaron a la adquisición de corridas mexicanas, españolas y en menor medida colombianas, para tratar de mejorar el nivel artístico de los festejos en especial, de la Feria de Quito; el comportamiento de estos ejemplares permitió la consolidación del ciclo taurino quiteño, además, dio lugar a un nuevo refrescamiento de sangre proveniente de la simiente de varios toros indultados en el ruedo equinoccial.

Cabe recordar que desde la apertura de la Plaza Monumental Quito en 1960 y durante una década se presentaron con preferencia reses de las más importantes ganaderías aztecas; más tarde, se optó por importar corridas desde España, a partir de 1967 en que se lidiaron toros de los herederos de Carlos Núñez y Miura, entre 1972 y 1982 la feria se nutrió de astados de conocidas divisas ibéricas como Bohórquez, Guardiola, Pérez Tabernero, Ruiseñada, Martínez Gallardo, Molero, Benítez Cubero, Gavira, Lamamie Clairac, Martínez Uranga, Camacho, Matías Bernardo, Juan Pedro Domecq, Domingo Ortega, Antonio Méndez, Luis Algarra, Los Campillones, entre otras.

En 1978 el campo bravo nacional marcó un punto de inflexión en su historia: la masiva importación de vacas y sementales españoles de prestigiosas divisas determinó el surgimiento de la nueva ganadería de lidia en el Ecuador; los productores de aquel entonces, agrupados en la Asociación de Criadores de Ganado de Lidia, compraron reses con los hierros de Domecq, José Luis Osborne, Manuel Camacho, Baltasar Ibán, Henández Pla, Atanasio Fernández y Santa Coloma.

Tras superar los rigores del viaje y un delicado como largo proceso de aclimatación, alrededor de 250 vacas y 25 sementales reconstituirían la cabaña brava nacional. El salto cualitativo fue notable; al punto que hoy por hoy, el país cuenta con un grupo destacado de divisas, resultado del mantenimiento y desarrollo de las líneas genéticas originales, de la estructuración de nuevas vacadas construidas como ramales y como el producto de importaciones posteriores —1997, 1999, 2000— el caso de Garcigrande, de Domingo Hernández; Santa Coloma, Albaserrada, El Torreón, de Felipe Lafita, Sotillo Gutiérrez y Alcurrucén; gestión que se complementa con la regular llegada de material genético.

En el plano de la anécdota debemos recordar que el primer toro indultado en la plaza Quito llevó el hierro de la ganadería mexicana de Coaxamalucan, fue lidiado por Humberto Moro la tarde del 18 de junio de 1960; en la etapa de la renovada ganadería nacional la lista de toros importantes es amplia, comenzando por Abaniquero de la ganadería de Campuzano-Ponce, lidiado por Edgar Peñaherrera el 4 de diciembre de 1983, pasando por los bravos Cañaco y Sacacorchos de Santa Rosa, Mañoso y Gatuno de Carlos Manuel Cobo, Sopladito de Vistahermosa, Grandioso de Triana y Lanudo de Huagrahuasi, hasta llegar a Gobernador del mismo hierro indultado por Enrique Ponce la tarde del 26 de noviembre de 2011.

En el Ecuador existen 40 ganaderías enlistadas con un nivel superior de gestión y desarrollo, además se pueden enumerar alrededor 30 hierros de menor estructura y, se estima que funcionan, al menos un centenar de explotaciones de bravo manejadas por comunidades campesinas de la serranía.

En este contexto trabaja el criador ecuatoriano que a partir de 1978 vive una realidad distinta, presente en el establecimiento de vacadas puras, diferentes a las criollas y mestizas que poblaban nuestros campos. Lo cierto es que el toro de los Andes de origen ibérico es una suerte de milagro de adaptación y conservación con una fisonomía y unas prestaciones únicas e incomparables, prodigio que corresponde a los esfuerzos y profesionalidad del ganadero ecuatoriano.

Por: Santiago Aguilar

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2011